08-09-2007
Oscar Huerta pertenece a la categoría de los numerosos juglares que tuvieron que enfrentar las hostilidades de un momento que no supo comprender, en su real magnitud, la renovación que —tanto para la música cubana como para toda la producción artístico literaria en general del país— traía consigo una generación emergente, dueña de una sólida formación académica y cuyo rasgo fundamental era su alto sentido de la eticidad. Esos dos elementos han signado, desde su comienzo hasta la actualidad, la cancionística compuesta por Oscarito, como le dicen sus allegados.
Nacido en 1970 en una familia donde la música ha jugado rol protagónico, Oscar es de los pocos trovadores que han pasado por las aulas de los conservatorios. Aunque de modo discontinuo, él estudió guitarra clásica en el Manuel Saumel y tiempo después en el Ignacio Cervantes. Coincidiendo con dicho período de aprendizaje, se integra al ambiente trovadoresco de Ciudad de La Habana y así se le ve en numerosas peñas, como una organizada en el Museo Napoleónico y donde intervenían otros cantautores, como Erick Sánchez. Con la experiencia adquirida en tales lides, se une al grupo Teatrova en lo que él mismo define como la última metamorfosis del colectivo, bajo la dirección de José Antonio Gutiérrez y donde cantaba o actuaba con María Eugenia García.